Ávila
En esta ciudad de Castilla La Vieja viví años inolvidables. Lo fueron por muchos motivos. Aquí nació mi segundo hijo y conocí la amargura de perder definitivamente a su madre. Suelo volver aquí respirar el aire de sus murallas, a visitar la iglesia de la Santa, a recorrer sus conventos, a comer de vez en cuando las mejores patatas revolconas y acercarme a su rastro a mirar las serranías y a escuchar las campanadas.
He conocido pocas ciudades con tanto carácter con Ávila. Me siento un privilegiado por haber podido vivir allí, por haber disfrutado de ese frío tan estimulante y de la amistad de personas que me ayudaron desinteresadamente en los momentos más duros que me tocó vivir.
Una parte de mí todavía vive allí, porque siento que mis mejores energías y buena parte de mi talento juvenil encontraron en Ávila un espacio ideal para desplegarse en libertad.
Fueron muchas las personas que me ayudaron y muchas también a las que ayudé. Pero estoy en deuda con ellas, porque cuando lo necesité, recibí de ellas el cariño, la comprensión y el acompañamiento que necesitaba para reencauzar la vida después de un golpe durísimo.